domingo, 7 de febrero de 2010

Hilda y el paisaje


"¿Y la abuelita cómo anda?", me pregunta una mujer de mirada vacía, casi una desconocida, una de esas caras que uno ve tan seguido que se vuelven parte de nuestro panorama cotidiano, como la nuestra del suyo. Se refiere a mi vieja, que nunca fue abuela de nadie, que odiaba que le dijeran abuela, y que me decía a veces con su voz sarcástica y bien audible: "Pobre. ¿Se creerá que soy su abuela?".
Vuelvo del recuerdo y, como me he acostumbrado, le contesto: "Mamá falleció en Mayo del año pasado", con una semisonrisa tristona que tengo bien practicada y suele surtir el efecto de tranquilizar al interlocutor para facilitarle el camino a un pésame cortés y permitirme agradecerle y escapar lo antes posible. Pero esta vez no hay pésame. La expresión vacua de esta mujer no se altera. "Ah. ¿Ya se murió? Y sí. Bueno..." Se queda mirándome. Me quedo mirándola. Después asiento, con la máscara prefabricada clavada a mis músculos faciales paralizados, y sigo caminando.
Cuando a mamá la misma gente-paisaje le preguntaba cómo andaba, ella les contaba, con pelos y señales. Su ego era magnífico. O bien suponía que de verdad les interesaba, o le bastaba con usar sus superficies reflectantes para verse a sí misma. Jamás supe cuál de las dos cosas, pero le funcionaba perfectamente. Era el centro del universo. No de su propio universo. De todo el universo. Las palabras borrosas y la mirada vacía de esta mujer habrían atravesado los sentidos de mamá sin dejar huella alguna mientras ella se desplazaba, majestuosa, hacia otro espejo más nítido y útil. A mí no me sale, no hay caso.
A los rostros conocidos que se interesan por ese huequito en su horizonte que dejó la flaca, les sigo ofreciendo el combo de Big-frase, sonrisa pequeña y agradecimiento sin hielo, por un pésame con 99 (por una pregunta adicional con 25 se pueden llevar una explicación mixta chica de postre). Sin embargo, ahora lo hago con el temor de que no tengan la moneda correcta de cambio. Y, por las dudas, a los telemarketers, para los que mi vieja no es más que un nombre en una lista, les digo simplemente que no está, que en qué puedo ayudarlos. Habitualmente, les basta con eso. Igual, ni ella ni yo, nunca les compramos nada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola pre-encarnacion de Lisa! Que bueno que hayas caido en la tentacion. Aun releo la Oda pal Fer. Tenes buena "tecla" para esto...

Mariel, el Áspid dijo...

Gracias, Fer! Pero, man, mirá que debés tener poco para leer... :P
Beso.