miércoles, 28 de abril de 2010

Negros, judíos y bomberos


“¡No, no se puede pagá con plata, y bajesén o subasén pero dejesén de gueviá!”, prorrumpe el conductor de transporte público que, en franca transgresión al uniforme, hoy viste camisa color durazno. El grupo variopinto de pre-teens en zapatillas se agolpa en la escalerita del ómnibus, hablando velozmente en su propio dialecto. El líder da un paso cauteloso, porque el chofer está acelerando en punto muerto y el vehículo corcovea, y pregunta: “¿Alguno nos puede vender cospel?”Llevo una tira casi nueva en la mochila, así que antes de que el Hombre Durazno pueda iniciar la protesta, que se nota que se muere de ganas, les grito que sí, que yo tengo. Se vienen, colorados por el calor, el apuro y los nervios, forman fila y abro el kiosquito. Peach Man arranca de golpe, pero ellos son jóvenes y tienen reflejos de atleta: apenas si se tambalean. Les voy dando los cospeles a cambio de billetes de dos pesos arrugados. Junto catorce mangos y siete sonrisas, que ni la sensación térmica ni la mala onda les han podido borrar. Me agradecen a coro y se sientan en malón, entremezclando mochilas, libros y camperas de gimnasia.
Un par de kilómetros después, sube una fila ordenadita, de blazer y corbatines. A una chica no le funciona la tarjeta magnética, y el Satánico Mr. Peach, convertido en un duraznito en almíbar, le muestra la forma correcta de usarla. El último, el más menudo del grupo, le dice: “Disculpe, señor, no tengo crédito, ¿le podría pagar?” Las siete cabezas de mis clientes se enderezan y le clavan la vista al chofer. Él los ve por el espejo. “Eh… No… Pasa que… no se puede, pero…” Sin notar que se ha convertido en el centro de atención, el chico pregunta: “Entonces, ¿puedo pedirles un cospel a mis amigos?” Sweet Peaches asiente, sonriendo con amabilidad. Mis clientes lo miran, se miran, suspiran y vuelven a su charla. El ómnibus arranca como una seda.
Los amigos de Corbatita usan tarjeta, todos. No token, baby. Saco el penúltimo que me queda, y se lo ofrezco. “¡Muchas gracias!”, exclama. El billete que me da está igual de arrugado. La sonrisa es igual de luminosa. Por el camino, cruza la mirada con uno del primer grupo. Éste levanta las cejas, revolea los ojos y señala al chofer. Aquél le devuelve el gesto y se ríen los dos, sin hacer ruido.
Afortunadamente, no hay más colegios en la ruta y ha sido mi última venta, porque me queda un solo cospel y mañana salgo temprano.

Post Scriptum 1: hay un poquito de inglés, jerga, localismos y sobreentendidos en este post. Seguro que más de uno se siente muy satisfecho de sí por haberlos comprendido.
Post Scriptum 2: todos y cada uno de estos chicos podrían convertirse en bomberos cuando crezcan.

Jueves, 13 de Mayo de 2010
Post Scriptum 3:
  • El color de la camisa de PeachMan es, como acabo de descubrir, entera responsabilidad de la empresa, que ha decidido cambiar de azul cerúleo a durazno asalmonado.
  • El tono rudo y la conducta discriminatoria NO SON parte de la política de la empresa. Ayer viajé con otro chofer: misma camisa, actitud amable, conducción impecable.
  • Es posible, sin embargo, que la camisa tenga parte de la culpa. El color durazno no favorecía para nada el tono rosáceo brilloso de la piel de PeachMan, mientras que sí resaltaba el tostado broncíneo del chofer de ayer. Tal vez sea el despropósito estético al que se veía sometido el que agrió su humor, degradó su vocabulario y... ¿destruyó su ética? Cosas más raras se han visto.

miércoles, 21 de abril de 2010

Intervención urbana


“¡Dale, tomate un vino!” La voz suena unos metros delante de mí y me sobresalta. Este no es mi territorio, así que doy un vistazo disimulado sin alterar el paso. Iba caminando sin ver, con los ojos perdidos entre los árboles, la cara medio tapada por el pelo y la mente llena de mariposas, y me he metido sin darme cuenta en un dormitorio al aire libre.
Detrás de los bancos de la plazoleta, hay una serie de colchones alineados, donde un grupo de hombres jóvenes, sentados en círculo, se pasan un mate en silencio. En uno de los bancos hay dos más. Uno tiene un tetra-brick en la mano y el otro brazo pasado sobre los hombros del que se sienta a su lado. Como no me prestan atención, se me pasa el susto. Ya sé que la calle está peligrosa, pero no hay esa clase de energía en el aire agitado por este viento tibio. Tristeza, sí. Soledad, sí. Frustración, sí. Peligro, no.
Avanzo, mientras el primer hombre acerca el vino a su compañero, e intenta acercar a su compañero al vino. “Dale”, insiste, “tomate un vino, haceme la pata”. El otro tiene el pelo largo, muy brillante. Le cubre la cara porque inclina la cabeza hasta casi tocarse el pecho con la barbilla, y niega. No habla, pero emite un ruido, un “Nnn, nnn, nnn”, no más que un zumbido de la lengua contra los dientes. Sin poderlo evitar, aminoro la marcha. Hay algo tan desamparado, tan desolado en ese sonido… “Tomate un vino…” - “Nnn…” - “Dale…” - “Nnn…” - “Haceme pata…” - “Nnn…” - La letanía se repite varias veces.
Casi he llegado a la altura de su banco. Intento divisar el rostro entre el cabello, sin lograrlo. Cuando estoy a punto de dejarlos atrás, de entre los pliegues de ropa saca una mano delgada y blanquísima. “No puedo”, dice en un tono desmayado, apenas audible. “No puedo, acordate, el vino me hace poner muy nervioso”. La línea invisible que parte de la punta de sus dedos se mueve en cámara lenta. Me señala por un instante y me paralizo, pero sólo está pasando a través de mí. Finalmente, se clava en un punto del sendero, hacia donde voy caminando. Su mano queda fija, como colgada del aire.
Sigo adelante, sin más que un estremecimiento. Poco después, alcanzo la enorme mancha de sangre seca que cubre el cemento y se pierde en la tierra oscura.

miércoles, 14 de abril de 2010

Negro temblor


“¿Sabés quién te habla?” Son las cinco de la mañana. No sé quién me habla. Ni siquiera sé aún que son las cinco de la mañana. Sólo sé que el teléfono sonó y atendí, y que tal vez haya algún problema. Trato de decir no; cuesta, con los labios pegados.
“Te habla tu primo”, me dice el teléfono. La voz se me hace conocida. Claro, porque es mi primo. Pienso: se murió mi tía. Un segundo después me acuerdo: mi tía murió hace dos años. Y no era la madre de este primo, éste es… si me diera diez minutos y un café me acordaría. Para ganar tiempo, digo hola.
“¿No sabés lo que pasó?” Me estoy asustando. Digo no, de nuevo. ¿Por qué me salen tan pocas palabras? Un no, un hola y otro no. Tres palabritas. Miro el reloj: las cinco. Por eso la pobreza de vocabulario. Repito: no. Agrego: no sé. Pregunto: ¿qué? Cuatro más. Bravo.
“Pero…” –pausa dramática, por suerte breve, porque no estoy respirando– “¿no hablaste con el tío?” Ahí sí suelto todo el aire. El tío de mi primo es mi papá, y pasó algo. “Negra, ¿hablaste con el tío?”, vuelve a preguntar, y lo reconozco. Yo soy la Negra. Él es el Negro.
“Negro, ¿sos vos? Hablé con papá anoche. ¿Qué pasa? ¿Qué pasó?” Ahora salen todas juntas, las palabras. Mis pensamientos se persiguen la cola: no puede ser que le pase algo grave a mi papá que yo no sepa y él sí, o que mi papá no me haya dicho que le pasó algo grave a él, pero tiene que pasar algo grave porque me llama a esta hora y me pregunta por mi papá…
“¿En serio no sabés nada?”, repite, y estoy a punto de gritarle cuando explica: “¡Hubo un terremoto a las tres en Chile!” Terremoto, pienso. Tres, pienso. Chile, pienso. Intento respirar rítmicamente, acompasar mi corazón. Terremoto, inspiro. Tres, espiro. Chile, inspiro. Papá, espiro.
En la siguiente media hora, intento hacerle entender que estamos en Córdoba, Argentina, no en Chile. Que aprecio que se preocupe por nosotros, pero que eso no justifica que intente matarme de un infarto. Que no puedo llamar a mi viejo para ver si está bien, porque lo voy a matar a él de un infarto. Que tampoco puedo llamar a los vecinos de mi viejo, porque los voy a matar a ellos de un infarto. Que avisar de un terremoto dos horas después del terremoto es fútil. Que lo que hubiera pasado ya pasó, y podía enterarse igual a las cinco, a las diez o el día del velorio. Que lo quiero mucho. Que le mando un beso. Que se vaya a dormir.
Doy vueltas en la cama dos horas, gruñendo. Me tomo una pastilla y duermo, mal, otras dos. Me despierto, aguanto otra hora y llamo a papá, que roncó como un bendito toda la noche y acaba de oír lo de Chile por la radio. Le pido que lo llame al Negro, para agradecerle y pedirle, rogarle, ordenarle que por favor, por favor, por favor, no lo vuelva a hacer. Nunca. So pena de castración no química.
Después (como dos días después, francamente) deduzco que lo que el Negro quería, en realidad, era aprovechar el temblor para hablar del Apocalipsis, su tema favorito. Lo que aún no comprendo es por qué a las cinco. Hasta los Heraldos del Juicio Final deberían ser más considerados.