miércoles, 21 de abril de 2010

Intervención urbana


“¡Dale, tomate un vino!” La voz suena unos metros delante de mí y me sobresalta. Este no es mi territorio, así que doy un vistazo disimulado sin alterar el paso. Iba caminando sin ver, con los ojos perdidos entre los árboles, la cara medio tapada por el pelo y la mente llena de mariposas, y me he metido sin darme cuenta en un dormitorio al aire libre.
Detrás de los bancos de la plazoleta, hay una serie de colchones alineados, donde un grupo de hombres jóvenes, sentados en círculo, se pasan un mate en silencio. En uno de los bancos hay dos más. Uno tiene un tetra-brick en la mano y el otro brazo pasado sobre los hombros del que se sienta a su lado. Como no me prestan atención, se me pasa el susto. Ya sé que la calle está peligrosa, pero no hay esa clase de energía en el aire agitado por este viento tibio. Tristeza, sí. Soledad, sí. Frustración, sí. Peligro, no.
Avanzo, mientras el primer hombre acerca el vino a su compañero, e intenta acercar a su compañero al vino. “Dale”, insiste, “tomate un vino, haceme la pata”. El otro tiene el pelo largo, muy brillante. Le cubre la cara porque inclina la cabeza hasta casi tocarse el pecho con la barbilla, y niega. No habla, pero emite un ruido, un “Nnn, nnn, nnn”, no más que un zumbido de la lengua contra los dientes. Sin poderlo evitar, aminoro la marcha. Hay algo tan desamparado, tan desolado en ese sonido… “Tomate un vino…” - “Nnn…” - “Dale…” - “Nnn…” - “Haceme pata…” - “Nnn…” - La letanía se repite varias veces.
Casi he llegado a la altura de su banco. Intento divisar el rostro entre el cabello, sin lograrlo. Cuando estoy a punto de dejarlos atrás, de entre los pliegues de ropa saca una mano delgada y blanquísima. “No puedo”, dice en un tono desmayado, apenas audible. “No puedo, acordate, el vino me hace poner muy nervioso”. La línea invisible que parte de la punta de sus dedos se mueve en cámara lenta. Me señala por un instante y me paralizo, pero sólo está pasando a través de mí. Finalmente, se clava en un punto del sendero, hacia donde voy caminando. Su mano queda fija, como colgada del aire.
Sigo adelante, sin más que un estremecimiento. Poco después, alcanzo la enorme mancha de sangre seca que cubre el cemento y se pierde en la tierra oscura.

No hay comentarios: