domingo, 7 de noviembre de 2010

Interiorismo


“Bueno, la verdad, yo me gasté unos buenos pesos en la bombacha que tengo puesta”, me dice, y lo que más me sorprende no es que sea un hombre quien me lo cuenta; ni siquiera que el caballero en cuestión sea un sesentón bajito, rosado, rechoncho, con la calva cubierta de pelusilla blanca, más del tipo físico de un Ewok que del Doctor Frankenfurter.
Lo que más me sorprende es que me lo cuente a mí.
“¿Por qué”, me pregunto por enésima vez, “los desconocidos me eligen para soltar estas cosas?”, y en vano me busco la estola confesional o el candadito en la comisura de la boca que les den la señal de que soy la indicada para tal revelación.
¡¿Cómo llegamos a esto desde el tópico “qué caro está todo”?!
Mientras sigo la conversación sin dar señales de asombro (“tal vez”, me digo, “sea justamente por eso”), me entero de que la bombacha referida por mi taxista de turno es una cola-less gris de algodón, que le resulta mucho más firme que los slips, ante lo cual nos embarcamos en una reflexión sobre los pros y los contras del algodón y la lycra, tras lo que me pide mi opinión respecto a los corpiños con arco, porque quiere comprarle un regalo a su novia, cosa que no puedo responder adecuadamente hasta que me describe las proporciones del rack delantero de la dama, que por cierto no es tan portentoso como el mío, a su juicio, y tiene más antigüedad, de lo que ambos deducimos que probablemente un push-up discreto, con arco y algo de lycra, sería lo ideal, preferentemente negro o chocolate, que son elegantísimos y combinan con casi todo.
Le deseo suerte con el obsequio, cruza los dedos con un gesto de picardía en su carita de Mogwai, y me bajo sonriendo, todavía atónita.
El taxista con el que vuelvo a casa, en cambio, me reta porque mi amigo le silbó muy fuerte para llamarlo y lo asustó, porque le di una moneda a la chica que me abrió la puerta y ése no es un trabajo como Dios manda, porque mi celular suena con música extranjera, porque vivo en un barrio fundado en los setenta por peronistas, y por pagarle con un billete de cincuenta en vez de darle la plata justa.
Me bajo rápido, antes de que siga, pensando que prefiero mil veces las confidencias bizzarras, y que nunca hay un travesti a mano cuando una más lo necesita.

2 comentarios:

Rodrigo dijo...

Buenísimo, como siempre.
No te sorprendas. Una vez, gracias a un taxista aprendí muchísimo sobre los lemures y los atlantes. De hecho, yo ya había llegado a casa y estaba con una pierna afuera del taxi mientras él seguía explicándome cómo era que los lemures habían destruido a los dinosaurios.

Mariel, el Áspid dijo...

No me dejes con la intriga... ¿¿¿cómo hicieron???