martes, 21 de diciembre de 2010

Who needs the Kwik-E-Mart?


“No va a venir, mirá la hora que es, ¿qué hacemos?”, dice el más joven, mesándose dramáticamente los cabellos dorados. Su peinado de elfo se hace añicos. “Nos dejó en banda con todo el práctico, y es para el lunes, ¡¿qué hacemos?!”
El otro no tiene un pelo fuera de lugar: las crenchas negras y brillantes son una obra de arte que parece hecha por el viento. Reclinado con displicencia en el ángulo entre el asiento y la pared, con las piernas estiradas sobre la otra silla, bosteza, no menos teatralmente que su amigo.
“Lo hacemos nosotros solos, obvio.” Suena calmoso, maduro, imperturbable.
“Pero el libro lo tiene él en la casa…” La voz del otro se quiebra, producto de la pubertad y los nervios autoinflingidos.
“Si lo googleamos seguro que hay algo.”
“Pero el profe dijo que no estaba en Internet…”
“¿Y vos te pensás que el profe sabe usar Internet?”

El rubiecito se sobresalta, horrorizado, pero no desciende un rayo del cielo, así que una luz de esperanza se enciende en sus ojos azules. “¿Habrá algo…?”
“Y si no, nos vamos acá al frente, que hay una biblioteca. O se lo pedimos prestado a algún otro del curso. O le preguntamos a tu papá, o a mi mamá, que seguro saben de dónde lo podemos sacar.” Por primera vez, mira a su aterrado amigo, con la expresión condescendiente con que yo miro a mi gatita cuando se le acaba la cama y cae por el costado y queda colgada de las uñas. Con el mismo gesto, estira la mano y le sujeta el hombro un instante, rescatándolo del borde del abismo. “Lo vamos a hacer nosotros solos. ¿Quién lo precisa al forro ése?”
El rubio sonríe, asiente, respira; se le afloja todo el cuerpito flaco, se apoya en el respaldo y cierra los ojos. Entonces, el moreno remata su obra con una afirmación taxativa que, en sus labios jóvenes, se oye aún más implacable:
“Gringo, nadie es imprescindible.”
En más de un grupo se hace el silencio, a su alrededor. Más de un cuello se estira para verlo, como quien observa pasar un cometa. Ellos no lo advierten.
Cruzo la mirada con el tipo trajeado que está en la mesa de enfrente. Levanta su vaso (de plástico con pajita, los que usamos todos, incluso los que no somos niños como el filósofo y su discípulo, en este reducto de regresión alimenticia) y hace un brindis en mi dirección, señalando al moreno con una admirativa inclinación de cabeza. Yo imito su ademán y brindo también con él por este Sócrates recién salido del huevo, sintiéndome melancólica, esperanzada, y terriblemente vieja, todo al mismo tiempo.

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