viernes, 7 de enero de 2011

La mujer de la bolsa


“Ay, Santi, quedate quieto, mirá que si no el Cacho te va a retar”, le dice la dulce abuelita a su nieto hiperquinético. Pensando que no es el primer Santi de esa marca y modelo que conozco, y que quizás los nombres predestinan a los niños, miro de reojo a Cacho, que está entrando mercadería al almacén. Su expresión oscila entre la diversión y el hastío. Se hace el distraído y no dice una palabra, ni a la criaturita, ni a la viejecita. Negocios son negocios.
El Cacho en cuestión mide alrededor de un metro noventa y tiene el porte de un rugbier retirado, de modo que no es extraño que la abuela de Santi lo haya elegido como cuco local. Aún así, pienso (como seguro pensará más de uno de los presentes), sería más justo, para todos los involucrados, que al niño le enseñaran modales en vez de asustarlo con cuanto grandote ande cerca.
El Santi en cuestión se serena un ratito (un minuto y medio, aproximadamente) y después vuelve a las suyas. No molesta tanto, en verdad, sobre todo porque tiene una habilidad especial (y el tamaño perfecto) para esquivar gente sin dejar de correr entre sus piernas.
Dejo de prestarles atención mientras me atienden y cuando salgo, cargada de bolsas, ellos van justo delante de mí por la vereda. Santi, mucho más tranquilo ahora que está al aire libre, se entretiene tirándole esporádicos chorros de su pistola de agua a los árboles y a las verjas. Al quinto chorro, más o menos, la abuelita se detiene, se da vuelta, me señala y dice: “Ay, Santi, dejá de tirar agua, o la señora te va a retar.” Es el colmo. ¡El colmo! Estaré gordita, no seré una belleza etrusca, no me habré peinado, pero tampoco es como para que me nombren cuco suplente de Cacho.
Santi me está mirando. Yo le hago un guiño. “No te preocupés”, le digo, “no te voy a retar; a mí no me importa. Tu abuela tampoco te va a retar, porque no se anima. Hacé lo que quieras.” Y sigo caminando. A Santi le relampaguean los ojos y muestra los dientes. Apunta al corazón de su abuela y dispara, varias veces.
La abuela en cuestión no reacciona. Está pasmada, con la mirada estupefacta fija en mí. No sé si habrá entendido el mensaje subliminal sobre educación infantil, pero seguro que no me vuelve a molestar en su vida.
Cruzo la calle y entro a casa, feliz de encontrarme otra vez con mis chicos, todos de cuatro patas. A diferencia de la mayoría de las crías humanas, los hijos adoptivos de otras especies de mamíferos son bastante fáciles de entrenar.

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